Érase una vez un terremoto, un teatro y unos Cuentos Infantiles
Ser salvadoreño es ser medio muerto
eso que se mueve
es la mitad de la vida que nos dejaron
Todos juntos
tenemos más muertes que aquellos
pero todos juntos
tenemos más vida que ellos
-Roque Dalton, Todos
Terremotos y damnificados en El Salvador:
no hay casas, no hay comida... no hay sonrisas
El sábado 13 de enero de 2001, apenas unos minutos antes del mediodía, un devastador terremoto sacudió a El Salvador. En pocos y dramáticos segundos una acomodada colonia de clase media fue sepultada al desmoronarse, como una mortal cascada de tierra, árboles y piedras, parte de una cordillera que atraviesa a la ciudad Santa Tecla. Pueblos en diferentes partes del país quedaron destruídos, convertidos en ruinas y cerros de escombros. El seísmo se desencadenó como resultado del choque subterráneo de las placas Coco -en el pacífico- y Caribe -en el atlántico- y fue perceptible en toda la región de Centroamérica. Al mes, otro terremoto golpeaba fuertemente los departamentos de San Vicente, La Paz, y Cuscatlán, en la zona central salvadoreña. Como trompeta de regimiento, los dos terremotos despertaron a todas las fallas sísmicas sobre las que está asentado el territorio salvadoreño, suscitando un enjambre sísmico como nunca había ocurrido en ese país. Desde los dos terremotos se han registrado más de ocho mil temblores, mil de ellos de sensibilidad notable. El número de damnificados sobrepasa el millón y la ayuda internacional, obstruida muchas veces por la burocracia gubernamental, ha resultado insuficiente para aliviar las urgentes necesidades de una población cuyo estado de ánimo ha sido llevado a los extremos del miedo y el asombro...
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