Los cambios climatológicos anuncian una temporada de lluvia fuerte, pero nada grave, basta acompañarse de un buen paraguas, un buen impermeable y si se puede zapatos especiales. Quizás para los que tienen carro, tendrán que fortalecer su paciencia, ya que el tráfico empeora. Por otra parte los que nos movemos en transporte público, a lo mejor nos llevaremos una buena mojada de pies; en caso de no encontrar un buen amigo que nos brinde su protección de las inclemencias del tiempo y nos lleve a casa. Así es la vida en esta temporada, pero ya en nuestros hogares un buen baño, café o té calientito y quedamos list@s para mañana.

Sin embargo, al encender la televisión, las noticias nos empezaron a alarmar con sus comentarios: - Allá, en el imperio estadounidense, a una parte de la población, el huracán les arrebató la tranquilidad de sus vidas y sus casas, provocando en un caos incontrolable. Esto me hizo reflexionar – “estoy bien”, pero... ¿A ellos su desesperación los ha llevado a la anarquía?, ¿Qué podemos hacer? ¿Qué puedo hacer yo? ....pero… mi escuela, mi familia, mi seguridad... Nueva Orleáns quedó inundada y a pesar de las posturas políticas, la ayuda internacional se hizo presente.

La temporada de huracanes continuó y unos días después las cámaras de televisión captaban ahora cómo se acentuaba la incertidumbre al sur de México, concretamente en Chiapas, sus comunidades más pobres, se ven hundidas en el lodo; algunas zonas desaparecieron, la gente perdió su hogar, su espacio, sus esperanzas... lo poco que había logrado, se lo llevó la tempestad.

¿Qué hacemos? Otra vez esa voz que pregunta desde adentro. La sociedad se organiza, pero ¿y tú? la vida te ha dado el privilegio de tener casa, comida, familia, educación, amigos y un cuerpo entero para encontrarte con los demás... ¿Qué vas a hacer? .... la pregunta cada vez incomodaba más.

Primero me enteré de que la Ibero era un centro de acopio, en donde yo podría participar, pero además tenía la inquietud de acompañar a la gente en esos momentos (todos los que hemos pasado por momentos muy difíciles, sabemos lo que significa tener a alguien a nuestro lado). Esta preocupación se estaba convirtiendo en una necesidad que removería mis compromisos. ¡Pero yo no tenía los medios para desplazarme! ¡Qué podía hacer yo sola, sin ninguna coordinación en ese desastre!.

Afortunadamente, al poco tiempo me enteré de que también se estaban organizando brigadas, para ir a entregar los víveres a los lugares devastados; sentí que era la respuesta a mis preguntas, pero nos encontrábamos en Octubre y para entonces ya había dedicado buen tiempo a diferentes actividades al departamento de mi carrera, lo cual empezaba a desgastar energías para mis materias, las cuales ese semestre eran más numerosas que las usuales. Además cuando les comuniqué a algunos de mis maestros mi inquietud de participar en la brigada, no a todos les pareció la mejor decisión, lo cual me hizo dudar, sin embargo otros me brindaron su apoyo y señalaron que regresando me pusiera al corriente – y esto terminó de animarme-. Las opiniones de amigos que se enteraron fueron unas a favor y otras en contra; yo sabía que ir a los lugares afectados, no significaba que desapareciera el dolor de tantas personas, pero sí tenía claro que iba a colaborar lo que un grano de arena a una playa.

El proyecto era Chiapas, pero los organizadores decidieron cambiar el rumbo y el transporte, pues ahora Cancún era otra zona de desastre, así que nos fuimos en autobús; las órdenes fueron muy precisas “que el equipo de la Ibero no se separe” pues también participaban otras instituciones educativas.
Aunque fue un viaje largo, no fue tedioso, l@s compañer@s de brigada se encargaron de amenizarlo. Antes de llegar a la Universidad Anáhuac de Cancún, un retén de la armada de México nos detuvo y nos pidió que subiéramos las maletas de las cajuelas del autobús a los asientos, debido a que el nivel del agua aún era alto y las mojaría. Después de casi treinta horas de viaje, llegando a la universidad, que era un centro de acopio, nos pidieron que bajáramos nuestras maletas, las pusiéramos todas en un mismo lugar (en el patio) y que ayudáramos a descargar un trailer y armar despensas. - ¡Chic@s a eso venimos! . De ahí nos llevaron a descansar a una Iglesia que nos ofreció sus salones de estudio para dormir. (Dos salones para treinta brigadistas, en otros salones estaban otros brigadistas. Había una sola regadera en el baño de varones, pero no todos nos enteramos, sino a la mañana siguiente).

Al otro día continuamos haciendo lo mismo, aunque también cargamos trailers en la universidad; algun@s tuvimos la suerte de continuar ese mismo día en otro centro de acopio, con las mismas actividades y llevando despensas a unas comunidades, casi aisladas: por estanques de aguas sucias que se habían formado (solo un camión de volteo podía atravesarlo) y porque anteriores despensas que se habían enviado, habían sido interceptadas, provocando que las familias no las pudieran recibir. Para tener una idea de esa comunidad, basta con mencionar que el material de esas casas era carrizo, madera y cartón; el camino solo era de tierra y muchas personas caminaban descalzas. Para entregar los víveres tuvimos que llegar al final del camino y se podía ver un pequeño río de gente que corría a recibirlos.

El grupo, en general, tenía más la expectativa de compartir con las comunidades, que de estar en el mencionado centro de acopio, en donde en algún momento se saturó de personal por la cantidad de alumnos de dicha institución que acudieron también a colaborar. Pero esa noche se nos informó que nos iríamos a Cozumel, a apoyar a las familias, lo cual provocó gran alegría al grupo.

Ya en el destino, nos alojaron en el auditorio de una escuela para descansar y el centro de trabajo tenía la función de refugio para familias damnificadas y centro de acopio, en donde por las tardes podíamos compartir con los niños y los adultos, el armar despensas, las comidas, platicar y jugar. Por las mañanas nos llevaban a las casas de las personas que estaban en el refugio, para que junto con la familia, limpiáramos todo lo que el agua les había llevado a su paso. Una vez que no se logró encontrar el domicilio, realizamos la limpieza de una escuela, recogiendo el material de los techos, ramas y basura que estaban ahí. Al terminar el día nos llevaban a descansar a donde nos hospedábamos y comunicábamos en grupo las experiencias del día.

En nuestro compartir no era difícil descubrir que los desastres tienen tales dimensiones, por las estructuras sociales injustas que golpean al que esta más desprotegido; por ejemplo en alguna casa nos dijeron “¡Por aquí paso el río!”. Lo que había sucedido era que en medio de dos casas de concreto, había un lote con dos casitas hechas de pedazos de madera y lámina, lo cual provocó que la fuerza del agua formara ahí su cauce.

Nos impresionaban el conjunto de condiciones que presentaban a una comunidad en momentos de desastre: algunos edificios parecían que estaban en obra negra, las palmeras había perdido su fortaleza, los postes de luz estaban tirados en serie, los colchones de las familias afuera de las casas para que se secaran, inclusive las cortinas de los comercios destrozadas por el agua, tiendas vacías con aparadores rotos, el espacio de playa había casi desaparecido...

No conocíamos las condiciones anteriores de las casas devastadas, por lo que era difícil medir el daño sufrido, sin embargo hubo algo que en particular alteraba mi sistema y me provocaba escalofríos, descubrir al lado de lo que quedó de la casa, en un “casi estanque” de agua podrida, debajo de ramas y plásticos: muñecas, carritos, utensilios de cocina, sillas de plástico, muebles de madera...etc., todo eso, auque eran cosas materiales, me hablaban de seres humanos, de la vida y sentimientos que estaban experimentando, de lo poco que tenían y lo mucho que habían perdido. Cuando les dábamos lo que encontrábamos, en realidad las palabras no alcanzan para dibujar los rostros que expresaban: “ya para qué”; o quienes reflejaban un atisbo de ilusión o incluso de quienes en sus miradas podríamos, nosotr@s brigadistas, nutrirnos de esperanza,

El cansancio físico era grande, pero no se comparaba con los sentimientos tanto de incertidumbre y tristeza al ver la situación; como la reconfortante sonrisa de los niños; las lágrimas de las familias por volver a ver su casita “reconstruida”; por haber recibido una despensa y 4 litros de agua o simplemente porque alguien “que no conozco”, “que viene de “no sé donde”, vino a escucharle en su situación de desgracia.
Y para mí era increíble ver como todos los compañeros de la Ibero, una mayoría jóvenes alrededor de 20 años, de condiciones socioeconómicas bastante favorables tenían una entrega total a cada una de las actividades que se llevaban a cabo.

Cuando regresábamos al DF, quedó la inquietud de organizarnos para prepararnos y poder hacer un frente común al daño que hemos provocado a nuestra madre tierra y que se nos revierte a los seres humanos. Estábamos conscientes de que no habíamos cambiado el mundo, pero teníamos la certeza de haber aportado un momento de nuestra vida, y de que si bien dejamos nuestro esfuerzo, por otra parte nos trajimos la fortaleza de la gente, su esperanza, su desprendimiento, su entrega y el recordar que si nuestra humanidad no nos une, nada de lo que tengamos, seamos o estudiemos, nos va a dar vida, en nada nos encontraremos, si no es en el otro, quien nos recuerda la finitud y la eternidad de ser persona.

Gracias por la oportunidad de compartir

Alma Elena Sevilla Escobar. Otoño/2005